Democracia e institucionesPropuesta

El sorteo como control del poder: ciudadanos elegidos al azar para vigilar nombramientos e instituciones

Atenas auditaba a sus cargos con ciudadanos sorteados. El jurado español ya juzga el cohecho. Una propuesta del centro radical para vigilar a los vigilantes por sorteo.

Ilustración de cómic: Sami celebra con una papeleta, Theo apunta con su lupa y Elena sostiene un cuaderno en los soportales del ayuntamiento, junto a un bombo de sorteo del que salta una sola bola dorada.

En resumen

El sorteo, elegir ciudadanos al azar, sirve para controlar el poder desde Atenas, donde auditores sorteados examinaban las cuentas de cada cargo. España ya lo usa: jurados sacados del censo electoral juzgan el cohecho, el tráfico de influencias y la malversación cometidos por funcionarios. La propuesta del centro radical lo extiende a dos tareas: un panel ciudadano sorteado que escucha en público a los candidatos a dirigir los órganos de control, y un panel anual de auditoría, también sorteado, que elige una institución para examinarla y obliga a esa institución a responder en público.

Ideas clave

  • En la Atenas clásica, auditores elegidos por sorteo entre todos los ciudadanos examinaban las cuentas de los cargos al terminar su mandato, buscando malversación y sobornos.
  • La Ley del Jurado (Ley Orgánica 5/1995) ya encarga a nueve ciudadanos sorteados el juicio del cohecho, el tráfico de influencias y la malversación cometidos por funcionarios.
  • Desde 2019 la Comunidad germanófona de Bélgica tiene un consejo ciudadano permanente de 24 personas sorteadas, con un papel explícito de vigilar el seguimiento de las recomendaciones ciudadanas.
  • Las comisiones deliberativas mixtas de Bruselas obligan a los diputados a explicar cualquier voto contra las recomendaciones ciudadanas y a rendir cuentas en seis meses.
  • Nuestra propuesta: un panel sorteado que escucha en público a los candidatos a los órganos de control y un panel anual de auditoría cuya institución elegida debe responder en público.

España ya confía a ciudadanos sorteados una de las tareas más difíciles de la vida pública: juzgar a funcionarios acusados de corrupción. Según la Ley del Jurado de 1995, nueve jurados elegidos del censo electoral juzgan, entre otros delitos, el cohecho, el tráfico de influencias y la malversación de caudales públicos cometidos por funcionarios. Para cada causa se sortean treinta y seis candidatos.

La propuesta del centro radical parte de ahí. Si unos ciudadanos al azar pueden decidir si un alcalde aceptó un soborno, también pueden mirar a quién se va a poner al frente de los órganos de control y cómo se ha dirigido una institución pública. Democracia 21 pidió órganos de control sin políticos ni expolíticos; ya hemos explicado cómo nombrarlos y cómo cerrar la puerta giratoria que tienen detrás. El sorteo da a la ciudadanía un asiento en los dos momentos.

Una idea antigua con un propósito claro

Los atenienses usaban el sorteo precisamente para controlar el poder. El estudio de Athanasios Efstathiou sobre la euthyna en la Atenas del siglo IV a. C. describe una escalera de rendición de cuentas. Antes de tomar posesión, los cargos pasaban un examen. Durante el mandato, auditores sacados del consejo revisaban las cuentas. Al salir, diez auditores elegidos por sorteo entre todos los ciudadanos, con diez acusadores públicos también sorteados, examinaban sus cuentas en busca de malversación y sobornos, y durante tres días cualquiera podía presentar una queja contra ellos en el ágora. Un cargo no podía salir del Ática hasta terminar la revisión.

La lógica sigue valiendo. A un órgano sorteado no se le puede presionar de antemano, no le debe nada a ningún partido y se disuelve antes de que nadie lo capture. Eso lo convierte en una buena herramienta justo para la tarea en la que los órganos elegidos o nombrados son más débiles: juzgar las decisiones de la propia clase política.

Lo que hace Europa ahora

La Comunidad germanófona de Bélgica es la que más lejos ha llegado. En febrero de 2019 su parlamento aprobó por unanimidad un diálogo ciudadano permanente. Según el documento de la OCDE de 2021 sobre cómo institucionalizar la democracia deliberativa, un consejo ciudadano de 24 personas sorteadas ejerce durante 18 meses, con un tercio renovado cada seis. Elige los temas de los paneles ciudadanos y tiene, en palabras de la OCDE, un papel de vigilancia: se asegura de que las recomendaciones se debaten en el parlamento y reciben respuesta de la comisión y del ministro. En el primer panel, sobre los cuidadores, la comisión aprobó ocho de las catorce recomendaciones y ofreció alternativas para el resto.

Bruselas eligió otro camino. Desde 2019 sus parlamentos pueden crear comisiones deliberativas mixtas de 15 diputados y 45 ciudadanos sorteados. Min Reuchamps, en un texto para International IDEA, explica las dos reglas que les dan fuerza: los diputados que votan contra una recomendación apoyada por los ciudadanos tienen que explicar por qué, y en seis meses la comisión permanente debe publicar un informe de seguimiento y presentarlo en una sesión pública. El documento de la OCDE incluye la vigilancia entre los mandatos que pueden recibir estos órganos sorteados.

El teórico político Samuel Bagg, cuyo trabajo resumió en 2022 el departamento de política de Oxford, va todavía más allá: jurados sorteados decidirían si determinadas decisiones del Gobierno han sido capturadas por las élites. Quiere que sus tareas sean estrechas, porque cuanto más pesada es la formación, más fácil resulta que los de dentro dirijan a los jurados.

La propuesta para España

Cada tradición da un motivo para hacerlo. La izquierda quiere que ciudadanos corrientes, elegidos con las mismas posibilidades sean cuales sean sus ingresos o sus contactos, pidan cuentas a los poderosos. La derecha y la tradición liberal tienen en el jurado una garantía clásica frente al Estado, y un control ciudadano pequeño y barato sobre los nombramientos y el gasto de la clase política encaja con un Estado limitado. La pieza que no pertenece a ninguna es el sorteo mismo como antídoto contra la captura, unido a dos ideas de las lecturas de estas semanas. La razón pública de John Rawls, como la resume la Stanford Encyclopedia of Philosophy, pide a los cargos que justifiquen lo esencial de la Constitución con razones que todos los ciudadanos puedan aceptar. Elinor Ostrom vio que los bienes comunes duran cuando sus vigilantes responden ante los usuarios, como en el Tribunal de las Aguas de Valencia. Un panel sorteado es una sala llena de usuarios que piden razones públicas.

Dos paneles bastarían.

Un panel de nombramientos. Para los puestos más altos del Tribunal de Cuentas, la CNMC, la AIReF, el Consejo de Transparencia, la Oficina de Conflictos de Intereses y el CGPJ, un panel de unos 30 ciudadanos sorteados, estratificado por edad, sexo, territorio y estudios, celebra audiencias públicas con los candidatos preseleccionados. Lee su trayectoria, les pregunta y publica un dictamen motivado sobre cada uno. El Parlamento conserva el voto. Si nombra a alguien que el panel consideró no idóneo, los grupos proponentes tienen que explicar por qué en el pleno. El panel aconseja; las razones se hacen públicas.

Un panel anual de auditoría. Cada año, un panel de 24 ciudadanos sorteados elige una institución pública, de una agencia ministerial a un regulador, y examina cómo ha funcionado, con derecho a pedir documentos y a escuchar a responsables y expertos. La institución tiene que responder en público a sus conclusiones en un plazo de seis meses, como exige Bruselas a sus comisiones, y volver a informar un año después.

Los dos paneles cobran por sus días de trabajo, como los jurados, y los dos son lo bastante pequeños para costar muy poco al lado de los organismos que vigilan. Ninguno tiene veto. Eso importa: estas semanas también hemos sostenido que España tiene demasiados vetos, y un control nuevo funciona mejor cuando produce información y obliga a dar razones.

El artículo del día cinco sobre asambleas ciudadanas usaba el sorteo para resolver conflictos de valores. Aquí el sorteo hace el viejo trabajo ateniense. Recuerda a quien tiene el poder que, tarde o temprano, un grupo de conciudadanos elegidos al azar mirará las cuentas.

Preguntas y respuestas

¿Qué es el sorteo en política?

Elegir por azar a las personas que ocupan una función pública, normalmente entre toda la población adulta y con estratificación por edad, sexo, territorio y estudios, para que el grupo se parezca al país. El jurado es el ejemplo más conocido.

¿Puede usarse el sorteo para pedir cuentas a los políticos?

Sí, y se ha hecho durante siglos. Atenas usaba auditores sorteados para examinar las cuentas de sus cargos, y en España los tribunales del jurado, sacados del censo electoral, juzgan a funcionarios por cohecho, tráfico de influencias y malversación. El teórico político Samuel Bagg ha propuesto jurados ciudadanos que decidan si una decisión concreta del Gobierno ha sido capturada por las élites.

¿En qué se diferencia de una asamblea ciudadana?

Las asambleas ciudadanas suelen deliberar sobre una política y hacer recomendaciones. Los paneles que proponemos examinan personas e instituciones: escuchan a los candidatos a los puestos más altos y auditan cómo ha funcionado un organismo, y ese organismo o el Parlamento tienen que responderles en público.

¿No les faltan conocimientos a unos ciudadanos elegidos al azar?

Los adquieren como los jurados: con audiencias, documentos y peritos, para una tarea acotada. Bagg defiende que las tareas sean estrechas justamente porque una formación pesada abre la puerta a que las élites manipulen a los jurados.

Fuentes

  1. Ley Orgánica 5/1995, del Tribunal del Jurado. BOE (1995)
  2. Euthyna procedure in 4th c. Athens and the case On the False Embassy. Dike (Athanasios Efstathiou)
  3. Eight ways to institutionalise deliberative democracy. OCDE (2021)
  4. Belgium's experiment in permanent forms of deliberative democracy. ConstitutionNet, International IDEA (2020)
  5. Citizen juries for government decisions could curb corruption, new research suggests. Universidad de Oxford, Department of Politics and International Relations (2022)
  6. Public Reason. Stanford Encyclopedia of Philosophy (2022)

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