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Lo que la tercera vía hizo mal: el balance del propio Giddens y el centro radical olvidado de Donald Warren

Giddens admitió después que el Nuevo Laborismo se rindió a la City. Donald Warren vio en 1976 por qué eso le costaría al centro la clase media apretada.

Ilustración de cómic: Theo examina con su lupa, Marco señala su libro de cuentas y Lucía agita su megáfono ante una escalera alta en el barrio del faro-biblioteca, con el peldaño superior dorado y los peldaños del medio rotos, entre una niebla de interrogantes.

En resumen

La tercera vía acertó en parte con la economía de la oportunidad y se equivocó con la política del poder. El propio Anthony Giddens concluyó en 2010 que la cercanía del Nuevo Laborismo a las empresas acabó en una dependencia servil de la City y dejó la desigualdad casi intacta, mientras la agenda Blair–Schröder dividía al SPD alemán. El estudio de Donald Warren de 1976 sobre los «radicales de la clase media estadounidense» ya describía a votantes que se sentían apretados desde arriba y desde abajo y querían a la vez un suelo social y un enfrentamiento con el poder concentrado. Un centro radical tiene que darles ambas cosas.

Ideas clave

  • Balance de Giddens en 2010: un historial «claramente irregular», avances reales contra la pobreza y en servicios públicos, y una dependencia servil de la City.
  • Escribió que la desigualdad se contuvo sin reducirse de forma significativa y que el laborismo debió apoyar la representación proporcional.
  • El documento Blair–Schröder de 1999 conmocionó al SPD; Helmut Wiesenthal relaciona el conflicto sin resolver con el nacimiento de Die Linke.
  • La encuesta de Donald Warren de 1976 encontró «radicales de la clase media» que se sentían apretados desde arriba y desde abajo y veían a las grandes empresas demasiado grandes.
  • Un centro radical necesita a la vez un suelo social y una lucha abierta contra el poder concentrado, con reforma de las instituciones políticas.

El mejor crítico de la tercera vía resultó ser quien le puso nombre. En mayo de 2010, cuando el laborismo dejaba el gobierno, Anthony Giddens escribió un largo balance para el New Statesman. Calificó su historial de «claramente irregular» y concluyó que el Nuevo Laborismo como tal había muerto. Leído junto a un libro mucho más antiguo, The Radical Center de Donald Warren, de 1976, su veredicto explica muchas cosas de la política europea posterior.

Lo que Giddens da por bueno

Giddens reconoce a los suyos lo que les corresponde, y la lista es seria. Diez años de crecimiento ininterrumpido, que según él fueron algo más que una burbuja de crédito. Un salario mínimo nacional. Unos 600.000 niños sacados de la pobreza relativa antes de la recesión, y aproximadamente el doble con una medida absoluta, aunque no se cumplieran los objetivos de pobreza infantil. Una gran inversión y reforma en sanidad y educación, con el New Deal para los parados, Sure Start y los créditos fiscales mayoritariamente acreditados. La descentralización a Escocia y Gales, la paz en Irlanda del Norte, una ley de acceso a la información, las uniones civiles. El Reino Unido, escribe, se volvió una sociedad más liberal y tolerante.

La tercera vía cumplió, por tanto, en oportunidades para quienes estaban abajo. El problema estaba en otra parte.

Lo que salió mal, según él

La guerra de Irak encabeza la lista de Giddens, y el exceso de propaganda va segundo. El tercer fallo toca el corazón del proyecto. Ser amable con las empresas era correcto, escribe, pero la ofensiva de seducción hacia la City acabó en una dependencia servil, y el Reino Unido se convirtió en una especie de gigantesco paraíso fiscal. Critica la actitud de estar intensamente relajados ante quienes se hacían asquerosamente ricos, que según él agravó la desigualdad y alimentó una cultura en la que los directivos se protegían de los riesgos que imponían a sus plantillas. La desigualdad, en sus palabras, se contuvo sin reducirse de forma significativa. Blair y Brown nunca criticaron el fundamentalismo de mercado ni mostraron sus límites. Y el laborismo debió apoyar la representación proporcional y una reforma constitucional más amplia por principio.

Alemania cuenta una historia paralela. En 1999 Blair y Gerhard Schröder publicaron un documento conjunto para el centroizquierda europeo que pedía mercados flexibles, más colaboración entre gobierno y empresas e impuestos de sociedades más bajos, con una red de seguridad convertida en trampolín hacia la responsabilidad personal. El politólogo Helmut Wiesenthal, mirando atrás en 2010, describe la conmoción dentro del SPD, cuyos militantes esperaban el lenguaje de la oposición y se encontraron con una ruptura con la tradición que muchos vivieron como cínica. Relaciona la incapacidad del partido para digerir ese conflicto con el destino de la Agenda 2010, una rápida sucesión de líderes y la creación de la WASG, cuya fusión con el PDS dio lugar a Die Linke y a un sistema de cinco partidos.

Los votantes que Warren ya había descrito

Donald Warren era sociólogo en la Universidad de Oakland, en Michigan. Encuestó a votantes blancos estadounidenses en 1971 y 1975 y publicó The Radical Center: Middle Americans and the Politics of Alienation con University of Notre Dame Press. Su objeto de estudio era un grupo al que llamó radicales de la clase media estadounidense. La descripción de la editorial dice que hasta uno de cada cinco estadounidenses compartía su visión.

John Judis, que escribió sobre el libro en 2015, resume quiénes eran. Renta media o media baja, sin título universitario, empleos manuales cualificados o semicualificados, o tareas administrativas y de ventas. Su convicción definitoria era que la clase media estaba asediada desde arriba y desde abajo, y que el gobierno favorecía a la vez a los ricos y a los pobres. Eran el grupo más propenso a decir que las grandes empresas tenían demasiado poder y eran demasiado grandes. Apoyaban la Seguridad Social, Medicare, las ayudas federales a la educación, un seguro nacional de salud e incluso el empleo garantizado por el Estado. También eran el grupo más conservador en raza, servicios sociales y delincuencia, desconfiaban de Washington y preferían líderes fuertes. Judis traza una línea desde ellos hasta George Wallace, Ross Perot, Pat Buchanan y Donald Trump.

Al poner a Warren junto a Giddens se ve el punto ciego de la tercera vía. El Nuevo Laborismo y la Neue Mitte ofrecieron a la clase media apretada un trato en dos partes: oportunidades para los pobres mediante la inversión en capacidades, y una relación cordial con las finanzas y las grandes empresas para pagarlo. Los radicales de Warren querían un suelo social para sí mismos y un enfrentamiento con el poder concentrado de arriba. Recibieron el énfasis contrario. En Estados Unidos, sostiene Judis, su visión explica la serie de candidatos insurgentes de Wallace a Trump; en Alemania, el relato de Wiesenthal muestra cómo la base del SPD se fue hacia un partido nuevo a su izquierda.

La lección para un centro radical

Aquí los dos libros se combinan en una posición. De la izquierda viene la convicción, a la que Giddens llegó en 2010, de que el poder empresarial y financiero concentrado es un problema político, y de que la desigualdad en la cima merece tanta atención como la pobreza en la base. De la derecha viene lo que la tercera vía hizo bien y debe conservar: la prudencia fiscal, que Giddens atribuye a Gordon Brown como condición previa del gasto social, y una economía en la que las empresas puedan crecer. Y de Warren viene la idea que no cabe en ningún mapa: un gran grupo de votantes que desconfía con la misma energía del Estado grande y de la gran empresa y aun así quiere seguros sociales fuertes.

Un centro radical pensado para ellos defiende los mercados y combate la búsqueda de rentas en el mismo gesto. Escribe normas de competencia, fiscalidad y lobby que se aplican a la City y a la eléctrica establecida con la misma firmeza con que se aplicó a los parados el ningún derecho sin responsabilidad. Protege los seguros sociales de los que depende la clase media. Y retoma la reforma institucional que Giddens lamentó no haber hecho, empezando por el sistema electoral, para que el enfado que midió Warren tenga un cauce dentro de la política democrática. La tercera vía fue la mitad de ese programa. El centrismo radical debería ser el programa entero.

Preguntas y respuestas

¿Por qué fracasó la tercera vía?

Su propio arquitecto, Anthony Giddens, señaló en 2010 la dependencia excesiva de la City, una desigualdad contenida y apenas reducida, el exceso de propaganda, la guerra de Irak y la renuncia a reformar el sistema político. En Alemania, la agenda Blair–Schröder partió la base del SPD.

¿Quiénes eran los radicales de la clase media de Donald Warren?

En «The Radical Center» (1976) Warren describió a votantes de renta media y media baja, sobre todo en oficios manuales cualificados, tareas administrativas y ventas, convencidos de que la clase media estaba apretada por los ricos y por los pobres y que desconfiaban tanto del gran Estado como de la gran empresa.

¿Qué hizo bien la tercera vía?

Giddens atribuye al Nuevo Laborismo un salario mínimo nacional, unos 600.000 niños sacados de la pobreza relativa antes de la recesión, el programa Sure Start, los créditos fiscales y una gran inversión en sanidad y educación.

Fuentes

  1. The rise and fall of New Labour. New Statesman (2010)
  2. The Third Way advocated by Gerhard Schröder and Tony Blair (retrospective account, 2010). German History in Documents and Images (2010)
  3. The Radical Center: Middle Americans and the Politics of Alienation. University of Notre Dame Press (1976)
  4. The return of the Middle American radical. Carnegie Endowment for International Peace (2015)
  5. Third way. Encyclopaedia Britannica (2024)

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